El Dios incorruptible

 
“y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible (...)” – Romanos 1:23, RV1960

Que algo o alguien sea incorruptible significa “que no se puede pervertir”; es “insobornable”. Es una característica que va íntimamente relacionada con otra, igual de importante cuando se tratan del carácter de Dios: la fidelidad. Es decir, la actitud de la persona que no traiciona la confianza puesta en ella y cumple con sus promesas aún con el paso del tiempo y las distintas circunstancias.

Me resultó muy curioso encontrar, mientras buscaba la definición de “fidelidad”, la cantidad de veces que ésta quedaba asociada al matrimonio. Me llevó a pensar y valorar mucho más el hecho de que Dios se refiere a su relación con la Iglesia y con cada creyente en los mismos términos:

“Te desposaré conmigo para siempre; Sí, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, En misericordia y en compasión; Te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor.” (Oseas 2:19-20, NBLA)

Hasta el mismo Jesús se refiere al Reino de los cielos como el banquete de una boda en la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13) cuando exhorta a los creyentes a mantenerse siempre atentos, en relación con Él y velando por Su regreso (mientras extendemos el Evangelio). Sin embargo, la Biblia de principio a fin nos cuenta las historias de personas, la relación que tuvieron (o no) con Dios y cómo en algún momento de sus vidas...fallaron. Hay muchísimos ejemplos (y muy conocidos por cierto) como Moisés, David e incluso apóstoles como Pedro y Pablo. Pero cuando yo pensaba en alguien, me acordé del rey Ezequías.

Su historia se relata en 2 Reyes 18-20, 2 Crónicas 29-31 y aparece mencionado en varios pasajes del libro del profeta Isaías. Para resumirlo brevemente: el reino unificado de las doce tribus que David y Salomón habían logrado formar, se dividió en dos partes (Judá al sur e Israel al norte) durante el reinado de Roboam (hijo de Salomón). A partir de ese entonces, la historia del pueblo escogido se encontró continua y profundamente marcada por la numerosa sucesión de reyes que se apartaron del camino de Dios y algunos (sólo cuatro) que intentaron retornar a la adoración del único Dios verdadero. Entre ellos, estaba Ezequías, rey de Judá. 

Cuando yo leía la historia de este hombre, me asombraron y emocionaron sus increíbles esfuerzos por volver a poner al pueblo bajo la autoridad de Dios en un contexto donde los dos reinos vivían bajo amenaza constante de otros pueblos que pretendían conquistarlos. Una de las primeras cosas que hizo fue abrir las puertas de la casa de Jehová, repararlas, reunir a los sacerdotes y confesar delante del Señor los pecados del pueblo. Luego, sacó del templo toda la inmundicia que los reyes anteriores habían colocado al levantar lugares altos para los ídolos (2 Cró. 29). Hecho esto, alentó a la gente a someterse a Dios y servirle “porque Jehová vuestro Dios es clemente y misericordioso, y no apartará de vosotros su rostro, si vosotros os volviereis a él (2 Cró. 30:9, RV1960). Restauró la celebración de la Pascua, oró por su pueblo (30:18-20) y hasta fue librado de una enfermedad por rendir su corazón con sinceridad delante del Señor. 

Al leer todas estas cosas, en mi mente pensaba: ¡Qué hombre tan grande! ¿Por qué no se habla mucho de él? Tuvo que haber sido valiente para mantenerse firme ante tanta adversidad y su corazón debió ser muy recto. ¡Quisiera ser como Ezequías! No obstante, al final de su vida...falló. La palabra dice que "no correspondió al bien que le había sido hecho, sino que se enalteció su corazón" (2 Cró. 32:25, RV1960).

Ahora...¿qué relación hay entre la historia de este rey y el carácter incorruptible de Dios? Bueno, al sacar a los israelitas de Egipto,  Él había hecho un pacto con ellos y sabemos, por las mismas Escrituras, de la fidelidad de Sus promesas:

"(...) No quebrantaré Mi pactoni cambiaré la palabra de Mis labios." (Salmo 89:33-34, NBLA).

En contraposición a esta verdad, Dios hace una observación: "El Señor ha mirado desde los cielos sobre los hijos de los hombres para ver si hay alguno que entienda, alguno que busque a Dios. Todos se han desviado, a una se han corrompido; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno" (Salmo 14:2-3, LBLA). En este grupo, no sólo entra Ezequías sino cada uno de nosotros. A pesar de lo mucho que amamos a Dios, a veces nos cuesta mantenernos fieles, obedientes y sometidos. A mí me cuesta muchísimo. En varias ocasiones se enaltece mi corazón o me siento por encima de otros al refugiarme en mis "conocimientos". Por muchas razones no tengo nada de diferente con Ezequías pero sí compartimos algo en común (y quizás lo más importante): creemos en un Dios único, inmutable. Un Dios que "si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo" (2 Timoteo 2:14, LBLA). 

Podremos refugiarnos en las riquezas, en los éxitos, en las relaciones pero nada, ABSOLUTAMENTE NADA, puede reemplazar al Dios INCORRUPTIBLE. La garantía de que cumplirá Sus promesas y el hecho de que nadie puede convencerlo de ir contra Su voluntad son suficientes para que mi alma repose tranquila y para que mi amor y servicio se derramen para Él, aunque (como todos) a veces...falle.

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