¡Conviérteme!

 En un contexto de inminente exilio para el pueblo de Israel y Judá, tras largos años de exhortación al arrepentimiento (sin ningún resultado), Jeremías (31:18, RV1960) expresó lo siguiente: 

"Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito; conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios"

¿Alguna vez sentiste angustia, remordimiento, culpa después de haber hecho o dicho algo que no se corresponde con el carácter de Dios? Afortunadamente no somos ni los primeros ni los últimos en pasar por situaciones así. Hoy, vamos a examinarnos a nosotros mismos a partir de la vida de uno de los apóstoles más estudiados (y seguramente más incomprendidos o cuestionados) del Nuevo Testamento: PEDRO. Conocido por ser uno de los discípulos más cercanos a Jesús pero también uno de los más impulsivos. Recordado, además, por sus tres famosas negaciones. A simple vista, tal vez nos cueste sentirnos identificados con él, pero todos terminamos teniendo algo de Pedro en nosotros. Yo, personalmente, en muchas ocasiones me veo muy parecida al apóstol (quizás por eso es uno con los que más empatizo 💁). Repasemos su historia. 

Simón (Pedro) y Andrés eran hermanos pescadores que seguían a Juan el Bautista en su ministerio. El profeta, un día, al ver pasar a Jesús, les afirmó que se trataba del mismísimo Cordero de Dios. Ese día, Pedro y Andrés lo siguieron hasta la casa donde él se quedaba para escuchar sus enseñanzas y Jesús se dirigió directamente hacia Simón para anunciarle (por primera vez) los planes que tenía para él al decirle que su nombre sería Cefas ("Pedro" en griego, que significa roca). Esto se encuentra en Juan 1:35-42. 

Luego, tras el arresto de Juan el Bautista, Jesús andaba por Galilea cuando vuelve a encontrarse con Andrés y Pedro pescando. Los llama con la promesa de hacerlos pescadores de hombres (Mateo 4:18-21). Para ese entonces, podemos tener una especie de spoiler acerca de las dos misiones que Dios tenía pensadas para el apóstol: evangelizar (pescar) y edificar la iglesia (roca). Con fe, dejó todo lo que estaba haciendo, y siguió a Jesús. Te invito a que te detengas un minuto y te preguntes: ¿Cómo respondiste al llamado de Jesús? Pedro, a pesar de no tener muy en claro quién era Jesús o hacia dónde los llevaría el futuro, dejó todo en pos de ir detrás de Él. Inmediatamente comenzó a ver el poder y la autoridad del Hijo del Hombre en acción (Bodas de Caná-Juan 2:1-12/Alimentación de multitudes-Mateo 15:32-39), oyó sus enseñanzas (Mateo 5-7) y le fue conferida autoridad sobre los enfermos y los espíritus inmundos junto con el resto de los once discípulos (Mateo 10:1). Esa misma cercanía lo llevó a tener una de las revelaciones más emocionantes del N.T. acerca de quién era Jesús (Mateo 16:15-17). De nuevo, preguntate: ¿Qué clase de relación estoy teniendo con Jesús? Al orar y leer sobre Él, ¿se me revela algo nuevo sobre Su carácter? ¿Qué aspectos conozco del Señor? 

NO OBSTANTE, Pedro tenía mucho por aprender aún. Seguido a su confesión de fe, fue reprendido por Jesús después de que éste anunciara su muerte por primera vez (Mateo 16:21-22). Queriendo hacer algo bueno (proteger a una persona amada), estaba interponiéndose ante los planes que Dios tenía para Jesús. ¿Alguna vez pensaste que quizás, queriendo hacer algo bueno pero en el momento inadecuado, estás "entrometiéndote" en los planes que Dios tiene? Yo sí. Por lo general, suelo tener anhelos que sé que son aceptables delante de Dios, pero en mi humanidad (e imperfección) a veces quiero llevarlos a cabo en mis tiempos y no en los Suyos. En el caso de Pedro, Jesús en Su misericordia, lo hizo testigo de la transfiguración para afirmarle que Él tenía el control y que no había de qué temer. Con nosotros sucede algo similar: constantemente Dios nos reitera que no debemos tener miedo (Josué 1:9/Isaías 41:13, y más). Aún así, durante la Última Cena, cuando Jesús anuncia que los volvería a ver en el reino del Padre, Pedro vuelve a evidenciar que no terminaba de entender de qué hablaba su Maestro exactamente (Juan 13:36-37 y Mateo 26:30-35). Ante la respuesta de "a donde yo voy, tú no puedes entrar", el apóstol responde apasionadamente que nunca lo dejaría y hasta daría su vida por Él. Nuevamente, la intención era buena; el contexto no. ¿Reaccionaste con la misma pasión ante el amor de Dios, prometiendo impulsivamente? Una vez más, Jesús reconforta su corazón: 

"Mas ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas?
Antes, porque os he hablado estas cosas, tristeza ha henchido vuestro corazón.
Empero yo os digo la verdad: Os es necesario que yo vaya: porque si yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si yo fuere, os le enviaré." (Juan 16:5-7)

Uno pensaría que esas palabras confortarían a cualquiera, pero todavía el apóstol no estaba maduro. ¡Qué angustia debió haber sentido tras negar a su Maestro! De hecho, sabemos que lloró amargamente. Tal era su vergüenza, que ni a la cruz se pudo acercar. A veces no es necesario blasfemar o negar literalmente a Jesús. Con un simple pensamiento, acción o sentimiento podemos estar diciéndole que verdaderamente no estamos tan listos como pensamos. Es más, cuando seguimos inmaduros, lo más probable es que repitamos lo mismo que Pedro: volver a nuestra antigua vida o hábitos (Juan 21:2-3). 

Sin embargo, aunque para Pedro todo había terminado, para Dios recién empezaba la obra. 

Tras la resurrección, Jesús volvió a ponerse delante suyo para darle indicaciones sobre cómo seguiría todo una vez que Él ascendiera. Este último encuentro cara a cara entre Pedro y Jesús demuestra que nada había vuelvo a ser igual después de aquel día cuando Simón dejó las redes y los siguió. Aunque había vuelto a su antigua profesión después de la muerte de Jesús, no había podido seguir igual. Dios obviamente sabía eso. A Dios no le importaba su pasado. Él, conociéndolo, lo buscó donde sabía que iba a encontrarlo y lo volvió a llamar a la mesa (Juan 21:10-12). Jesús reestableció la relación con Pedro y sanó su corazón para, por último, darle misión (cuidar sus ovejas). Finalmente se inauguraba aquel llamado que años atrás había recibido. 

Lo mismo hace Jesús con nosotros hoy y cada vez que, por varias razones (a veces algunas parecidas a las de Pedro), nos alejamos y volvemos sobre nuestros pasos. Por eso te invito a que hagas conmigo la oración que, de algún modo, hizo Jeremías: conviérteme, y seré convertidoporque tú eres Jehová mi Dios. Si te alejaste; si te enfriaste; si negaste a Dios con alguna actitud/pensamiento; si actuaste con impulsividad o prometiste con rapidez y luego no cumpliste...¡no te estanques ahí! Recordá que hay un Dios grande, soberano, amoroso que un día te llamó por tu nombre, te dio un propósito y no descansará hasta cumplirlo. Sólo necesita que tus palabras sean: conviérteme y seré convertido.

Comentarios

Entradas populares